Fue en la barra de la discoteca Studio Ono donde
escuché por primera vez la historia del conde
Estruc. Mi amigo Dani,
apodado El Rojo (que años más tarde sería uno de los
atracadores más activos de los años 80), relataba lo
sucedido en el castillo de Llers la noche del solsticio
de verano. Junto a exmiembros de los cuerpos especiales,
pretendieron hacerse con el tesoro del conde, que según
la leyenda seguía enterrado entre las ruinas del
castillo, destruido, igual que el resto de la villa de
Llers, en las postrimerías de la guerra civil.
Cumpliendo con un ritual de libro, esperaron
pacientemente a que la luna apareciera entre las nubes
para buscar el preciado tesoro. Cuando intentaron
acceder a lo que creían era la cripta, algo les detuvo,
la expresión de Dani, un tipo de metro noventa bravo y
echao palante, era un poema; «Jose,
allí había algo que no era de este mundo, fijo, lo juro.
Salimos a toda hostia y no miramos para atrás».
El conde Estruc, o
Estrugo, caballero de
origen húngaro, combatió en el siglo XII, según
distintas versiones, en las Navas de Tolosa, contra el
rey moro de Valencia, a las órdenes de
Berenguer IV y enviado por
Alfonso II a perseguir a
infieles y paganos. Desde su castillo del Empordà,
cumplió fielmente las órdenes recibidas, pero cayó en
desgracia a causa de la maldición de unas brujas a las
que mandó a la hoguera. Tras ser envenenado por uno de
sus propios caballeros, volvió a la vida convertido en
un no muerto, revenante o vampiro hasta que una
estaca o extraño conjuro terminó con él.
Tras sus ¿dos muertes?, el conde
Estruc sigue hoy despertando el interés de
historiadores, científicos y freaks del
ocultismo. Hay quien mantiene su vinculación a la causa
cátara o templaria como guardián de inexplicables
secretos. Pero lo que sí es cierto es que su historia
guarda similitudes con la de Vlad
Tapes, El Empalador, pero con una diferencia: la
suya ocurrió tres siglos antes.
El culto a la figura romántica del Drácula de
Bram Stoker, el negocio que
representan los vampiros de Disneylandia o los
bestsellers que recuerdan las novelas de los
cinco poco tienen que ver con esta leyenda. Ya me lo
decía mi madre: «No profanarás el sueño de los no
muertos».