La leyenda del conde Estruc
El periódico / 1-3-2010

Fue en la barra de la discoteca Studio Ono donde escuché por primera vez la historia del conde Estruc. Mi amigo Dani, apodado El Rojo (que años más tarde sería uno de los atracadores más activos de los años 80), relataba lo sucedido en el castillo de Llers la noche del solsticio de verano. Junto a exmiembros de los cuerpos especiales, pretendieron hacerse con el tesoro del conde, que según la leyenda seguía enterrado entre las ruinas del castillo, destruido, igual que el resto de la villa de Llers, en las postrimerías de la guerra civil. Cumpliendo con un ritual de libro, esperaron pacientemente a que la luna apareciera entre las nubes para buscar el preciado tesoro. Cuando intentaron acceder a lo que creían era la cripta, algo les detuvo, la expresión de Dani, un tipo de metro noventa bravo y echao palante, era un poema; «Jose, allí había algo que no era de este mundo, fijo, lo juro. Salimos a toda hostia y no miramos para atrás».

El conde Estruc, o Estrugo, caballero de origen húngaro, combatió en el siglo XII, según distintas versiones, en las Navas de Tolosa, contra el rey moro de Valencia, a las órdenes de Berenguer IV y enviado por Alfonso II a perseguir a infieles y paganos. Desde su castillo del Empordà, cumplió fielmente las órdenes recibidas, pero cayó en desgracia a causa de la maldición de unas brujas a las que mandó a la hoguera. Tras ser envenenado por uno de sus propios caballeros, volvió a la vida convertido en un no muerto, revenante o vampiro hasta que una estaca o extraño conjuro terminó con él.
Tras sus ¿dos muertes?, el conde Estruc sigue hoy despertando el interés de historiadores, científicos y freaks del ocultismo. Hay quien mantiene su vinculación a la causa cátara o templaria como guardián de inexplicables secretos. Pero lo que sí es cierto es que su historia guarda similitudes con la de Vlad Tapes, El Empalador, pero con una diferencia: la suya ocurrió tres siglos antes.
El culto a la figura romántica del Drácula de Bram Stoker, el negocio que representan los vampiros de Disneylandia o los bestsellers que recuerdan las novelas de los cinco poco tienen que ver con esta leyenda. Ya me lo decía mi madre: «No profanarás el sueño de los no muertos».