Soy barcelonés, de clase
obrera, charnego y bilingüe. Y siempre que regreso al
barrio me gusta verla. La Monumental simboliza, junto al
desaparecido parque de atracciones de Montjuïc, los
chiringuitos de la Barceloneta y nuestro añorado Copito
de Nieve, la Barcelona anterior a la invasión de
turistas, perroflautas y provincianos etnicistas que han
deteriorado notablemente nuestro paisaje urbano.
Por ese motivo decidí aceptar la invitación de Jaime
Urrutia, compañero y sin embargo amigo que, tras
haber llenado la plaza de Catalunya con su rock castizo
plagado de referencias taurinas, decidió quedarse una
día más en nuestra cosmopolita ciudad para asistir a la
corrida del domingo.
Al cruzar el umbral, los olores me trasladaron a otra
época. De cuando mi madre me llevaba en brazos a ver
salir por la puerta grande a los toreros, de cuando no
había dinero en casa y mi tía Rosa me colaba de
extranjis en el último toro. Me vinieron a la memoria
las correrías de niño por el interior de la plaza,
impresionado por un ritual semejante al de los
gladiadores en el Coliseo romano.
Ya de adolescente, el olor se me hace distinto, asustado
por los botes de humo que son lanzados por los grises
contra los que intentan colarse en el mítico concierto
de los Stones, el primero que dieron en una España que
luchaba por salir de la oscuridad de la dictadura.
Y de adulto, el olor a sudor de las primeras filas a las
que accedí a empujones, tras abandonar un palco en el
que me sentía incómodo, para ver a Bruce Springsteen
cantando The River con un equipo prestado, pues el suyo
se había quedado en la frontera por una huelga de
camiones.
Los recuerdos se disipan y vuelvo a la realidad actual.
El griterío acompaña el desalojo de la plaza. Jaime
se acerca, me abraza emocionado y da vivas a la
respetable afición barcelonesa, triunfante por la gran
tarde vivida.
La faena del maestro César Rincón en el primer
toro, el corazón en un puño en cada lance de José
Tomás y el triunfo por la puerta grande del torero
barcelonés Serafín Marín. Mientras nos alejamos
para buscar un bar donde nos sirvan una Mahou vuelvo a
dejarme ir, los olores de las distintas etapas de mi
vida se entremezclan, las imágenes de mi padre
cogiéndome de la mano al salir de la plaza rumbo a casa
terminan por crear un aroma evocador y nostálgico que me
devuelve a la infancia.
Mi única patria.