Efe Eme / 01/02/2005

Fue durante la presentación de unas fiestas de la Comunidad de Madrid cuando nos los presentaron. Sabino, en su tono sarcástico, los saludó. Yo me limité a pensar “otro grupo rarito de esos que le gustan tanto a Pito”. A los pocos días tocábamos juntos en no sé dónde, en nuestro camerino las bromas sobre la actitud ambigua y afectada del cantante se sucedían mientras buscábamos una papelina que alguien había perdido.

No mucho más tarde me llamaron de la oficina y me preguntaron si me importaba que Héroes del Silencio fueran nuestros teloneros en Torrelavega. Ésa fue la primera vez que los vi actuar: me quedé un buen rato observando a ese tipo que se parecía a Jimbo. Al finalizar le pregunté por sus influencias y así, entre risas y copas, terminamos admitiendo que era fantástico tocar en un ¡mercado de ganado!

Coincidir con Héroes del Silencio era mejor que aguantar al típico grupo de modernillos de última hora que por aquel entonces pululaban por la geografía española. Además eran más jóvenes que nosotros y nos admiraban.

Fue en el mítico concierto del Sot del Migdia, en Barcelona –récord absoluto de asistencia en España en un concierto de rock, hecho todavía no superado–, cuando nosotros rompimos con 120.000 personas de pago y fue ahí cuando ellos despegaron hacia el éxito masivo. Volvimos a coincidir en la Casa de Campo de Madrid, en aquel momento ya no compartíamos manager, la guerra abierta entre Pito y Gay Mercader por Loquillo y Trogloditas era un hecho consumado. Yo era la puta más cara y los macarras me rondaban. Abandoné a Pito con la sospecha de que algo olía a podrido en Diez/10, nombre de la oficina en cuestión, no sin antes poner en antecedentes a Jaime Urrutia y Enrique Bunbury, pero no tuve suerte. El tiempo terminó dándome la razón.

La imposibilidad de una gira por Europa se fue al traste, Pito apostó fuerte por Héroes mientras nosotros éramos pasto de giras interminables y excesos cada vez más extremos. Héroes del Silencio alcanzaban y superaban nuestras ventas y así fue creciendo una competencia que nuestros respectivos managers fomentaban. Recuerdo que Pito, en una ocasión, intentó que fuéramos teloneros de Héroes; era en el Jacobeo de no sé qué año. En otra ocasión contrató a Corazones Negros, grupo paralelo del troglodita Jordi Vila, como suporters. La cuestión era tocar los cojones y así de paso molestar en lo posible a Gay Mercader. Lo que no imaginamos nunca Pito y un servidor es que años después sería Gay quien terminaría organizando las giras de Héroes del Silencio, mientras Pito desaparecía del negocio a causa de sus pufos y yo me dedicaba a recomponer mi cerebro y mi carrera al margen de los Troglos.

Fui invitado a presenciar los conciertos que Héroes ofrecieron en Barcelona durante sus últimas giras y fui testigo de lo que años antes me había ocurrido a mí. El grado de locura y esquizofrenia al que puede llegar una banda de rock sólo es comparable al nivel de ambición de quienes les rodean.

Durante ese tiempo, Enrique y yo normalizamos nuestras relaciones –je, je–, al fin y al cabo los vampiros siempre terminan por reconocerse.

Enrique sentía verdadera adoración por Gabriel Sopeña y por nuestros trabajos conjuntos, La vida por delante y Con elegancia. Después vino la ruptura de Héroes y su travesía del desierto hasta llegar a lo que hoy conocemos: un artista completo con un talento desbordante. Dicen que ha aprendido a ser tan estrella como yo e incluso, aseguran, que ha conseguido ser más arrogante. No, en eso se equivocan.

Otros afirman que pilla de todas partes y yo digo que aprende de los mejores. Se pasa la vida de gira y para eso hay que dejar muchas cosas atrás. Ha sido valiente, pero también hay que saber parar. La vida, a partir de la experiencia, te devuelve al punto de partida. Eso, al menos, creo yo.

En los últimos tiempos su mirada tiene un poso de tristeza y eso me preocupa, será que me hago mayor o será que soy un sentimental. Espero que vaya reduciendo la velocidad para así poder retomar nuestras conversaciones frente al mar, junto a una botella del mejor champagne francés. Así, escuchando a los muchachos del Rat Pack, de los que tanto hemos aprendido, quizás escribamos la canción de nuestras vidas.