Carlos Zanón: tarde, mal y nunca (2009)

El periódico / 12-10-2009

El pasado 11 de septiembre, un grupo de trabajadores abroncó al presidente de la Generalitat, José Montilla, al grito de «Menos Estatut y más trabajo». Supimos hace unas semanas que a la burguesía catalana uno de los suyos les había robado la cartera en su propio Xanadú, el Palau de la Música. Según cifras oficiales, Barcelona va a la cabeza en lo que a número de asesinatos se refiere, la delincuencia global se ha instalado en Barcelona con los gastos pagados. Un ejemplo: la heroína ha vuelto a venderse a precio de saldo para captar nuevos clientes, mientras la beautiful independentista se pasea por la Rambla con el brazo en alto y los cuatro dedos extendidos.

Rabinad, Marcé, Candel y Vázquez Montalbán narraron la vida y obras de la Barcelona de la guerra civil, de la posguerra, la emigración y el tardofranquismo. Años después, fue Casavella quien retrató la Barcelona posmoderna (la moderna nunca existió). Hoy es el poeta y escritor Carlos Zanón (Barcelona, 1966) quien, desde su novela Tarde, mal y nunca (Saymon Ediciones), nos describe la Barcelona real, la de ahora mismo, la de las calles y barrios golpeados por la crisis económica y deteriorados. Un rostro urbano que da al traste con la bucólica imagen que nos han querido vender desde el ayuntamiento.

El párrafo que sigue, de Carlos Zanón, muestra una visión de Barcelona a la que muchos están poco acostumbrados:

«El barrio hace tiempo que está harto. Los chicos, aburridos. Blancos, amarillos o negros. En eso sí que coinciden, mientras que los viejos no olvidan que, de un modo u otro, ellos también han sido estafados. Tolerancia, diversidad y mestizaje son pedazos de eslóganes que quedan bien en editoriales que en el barrio nadie lee, canciones que no se escuchan o discursos escupidos por políticos a los que muchos ni siquiera pueden votar. Y la gente vive, se quiere y se odia y soporta como mejor puede. Unos llevan pañuelos, otros hacen demasiado ruido con las radios, y muchos recuerdan con nostalgia cuando la ciudad era una señora de anchas caderas, rancia y distinguida, que sabía esconder la basura bajo alfombras y calabozos».

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