El mundo / 22-7-2008

Abandono BCN invadida por las hordadas brucespringstinianas. A salvo, durante el vuelo, enumero mis razones para ver a Morrissey pero no en las playas de Benicassim; plagadas de guiris con chanclas, sudor y tiendas de campaña, exactamente la antítesis de Morrissey; exquisito narcisista, urbanita e individualista, pura esencia de la decadencia europea, lo que más odian los críticos musicales de este país.

Me gusta porque en el mundo de la música puedes ser artista, creador y estrella. Morrissey es artista y creador pero, por encima de todo, es estrella y, aunque ni bebe, ni fuma, ni folla, es más estrella que Kate Moss y Pete Gallaguer juntos.

Me gusta porque no haya caído en la tentación de resucitar a su banda de sus odiados 80, los Smiths, por un puñado de dólares («antes de reunir a los Smiths me comería los huevos», dixit), porque él sabe, y va siendo hora de decirlo, que es verdad, que los supera con creces.

Me gusta especialmente el detalle de echar a un road manager porque le gusta Elton John. Eso es lo correcto, pura actitud.

Me gusta que sea políticamente incorrecto, un ególatra confeso, molesto y antipático que no hace ni un solo gesto a la galería para conseguir el aplauso planetario, porque Morrissey es planeta y universo en si mismo. Cuando vas a ver a Morrissey no vas a ver a «un tipo como tú», vas a ver al amo y señor de su escenario, insultante versión del «porque yo lo valgo», el único artista británico de su generación que consiguió triunfar en América.

Y me gusta por algo que compartimos. Somos los dos, cada uno en su casa, los más bocas de nuestra generación.

Todo eso y mucho más me llevan al tórrido escenario del FIB madrileño -y caía un calor de plomo-, pero cuando Morrissey pisó el escenario radió Madrid como una tea. Derroche puro de elegancia y poderío musical, con una banda espléndida, a su misma altura. Intercambió clásicos por novedades, comentarios irónicos y una contundencia musical y emocional que molestó seguramente a quienes piensan que, tras 30 años de carrera, aún hay que seguir pidiendo perdón por subirse al escenario.

Y es que, ya antes de comenzar, nos llevó de viaje por sus referentes, declaración de principios para iniciados, guiños que combinaba la Bardot que Gainsbourg amó, el Vince Taylor que inspiró a Bowie, la serie Los Intocables de Elliot Ness, el clásico de cine carcelario de los 40 Cárcel de Mujeres, el inevitable guiño a los New York Dolls… que trasladó a la crónica emocional de sus canciones hermosas e hirientes, líricas y chirriantes.

Morrissey es un francotirador certero, sólo tienes que procurar no estar en su punto de mira.