Criticar es un placer

El periódico / 7-1-2011

Hubo un tiempo, en los felices 80, en que la crítica de rock tenía el poder absoluto, reinaba sobre el hemisferio musical y sus popes eran tratados por encima de los propios artistas, creando tendencias o condenándolas al ostracismo. De ellos dependía tal o cual lanzamiento, con solo una opinión podían hacer variar el destino de una banda o solista, eran el oráculo y los artistas intentaban poner buena cara o convencerles a base de prebendas. Todo valía para evitar una mala crítica en un disco o concierto, los mánagers y discográficas luchaban por tener cerca al profeta del momento a cambio de rock and roll way of life con viajes o presentaciones a su gusto en países exóticos. Los promotores de conciertos internacionales se las veían para contentar al tipo que les exigía trato preferencial y amenazaba con contar que la sala vip estaba demasiado llena o que la cola para la bebida y comida gratuita era excesiva para él.

Se dio el caso de quien llegó a publicar la critica de un concierto que no se celebró o de las fobias contra solistas por cuestiones estrictamente personales, por no hablar de los plagios de artículos de revistas internacionales o de aquellos que vendían los discos de promoción que recibían en tiendas de segunda mano.

Miguel Ríos me contaba cómo un crítico le amargó una gira tras haber publicado un artículo en el que le acusaba de vendido por llevar sponsor. Miguel no se arrugó y envió una carta al director del diario madrileño en la que apuntaba que el periódico también tenía patrocinio de la publicidad.

Muchos de aquellos popes se reciclaron, en la televisión y la radio publica, dirigen festivales, ejercen de conferenciantes o son asesores en ayuntamientos o discográficas. Hay quien se arrimó al partido en el poder para mantener su estatus de patricio.

Los años en que la critica de rock era lo más parecido a la Santa Inquisición quedan atrás, vago recuerdo de una época en la que todos éramos más jóvenes e ingenuos, el rock no era la cultura popular que hoy conocemos, en la industria corría el dinero a manos llenas y los músicos cedían sus derechos de autor como peaje hacia el éxito. Ahora el artista y su publico no necesitan intermediarios, la autogestión es un hecho, la red se encarga de ello.

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