Salamanca Noble. Por Igor Paskual.

Es casi noviembre y comienza a hacer frío. Durante el concierto anterior, en Murcia, hubo un conato de lluvia. Y eso es algo que siempre preocupa. La humedad no es buena para los aparatos. Como mínimo, en cada gira, se revisan y ponen a punto los amplis un par de veces. (Y yo llevo tres en gira, los dos que uso -Fender y Marshall-, más otro de reserva -Vox- por si alguno se estropea). Pero nuestros técnicos se han encargado de que no haya ni un problema y así nos lo hacen saber para garantizar nuestra tranquilidad.

Cuando llegamos al hotel, en algunos salones, se celebra un homenaje culé a Hristo Stoichkov por parte de la Federación de Peñas de Castilla y León. Imbuidos de cierta nostalgia futbolística, Josu y yo recordamos los tiempos de “matagigantes” del UD Salamanca, un equipo ya desaparecido. El alma del extinto club helmántico revive ahora en el Unionistas CF que, además, es combativo como los comuneros del siglo XVI. Juegan en Segunda B.

Con los salones del hotel a rebosar, buscamos un sitio tranquilo para comer. Nuestro tour manager, Jorge Grau, además de ser un conductor sutil, conoce los mejores restaurantes de toda España. Vamos a La Posada. Mantel de hilo, camareros con librea y parte reservada. Entramos en éxtasis culinario y firmamos en el libro de visitas. Es imposible reírse más.

Los músicos que llevamos muchos años de gira terminamos aprendiendo a guardar todas la emergías para el concierto. Por eso, en demasiadas ocasiones, rechazamos las generosas ofertas de los diversos amigos que tenemos en cada ciudad. Los días de concierto, uno trata de estar concentrado para que nada altere la energía. Luis Rodríguez, guitarrista de León Benavente, asturiano noble y de roble corazón, tiene una frase maravillosa que lo resume. A un amigo que le recriminaba de forma cariñosa que no pudieran verse antes de un concierto, le dijo: “Que vengo a trabayar, no a facer turismu”.

La excepción es Salamanca. Cuando un músico toca aquí, es consciente del privilegio que supone viajar a lo largo de este país-monumento. En la ribera del Tormes, nos sentimos impregnados de la sabiduría de su Universidad (la segunda más antigua de España, tras la de Palencia). Salamanca está compuesta de estímulos constante que embriagan el espíritu. Por ejemplo, la Casa de las Conchas con su rejeria gótica. Los sutiles y delicados tapices de piedra de las portadas platerescas. Los arcos mixtilíneos del patio de las Escuelas Menores (allí grabé el vídeo para dar la bienvenida a nuestro concierto). El busto de Unamuno de Vitorio Macho. El órgano mudéjar de la Catedral Vieja. El reflejo dorado de la piedra de Villamayor que nos cubre como una manta de oro. No cuesta nada imaginarse a esos estudiantes de “El buscón” de Quevedo dirigiéndose hacia Salamanca.

En el camerino, una hora antes del concierto, el incombustible Alfonso quiere que me una a él y a Cobo para tocar temas de rockabilly. Me sumo un rato a su concierto previo, pero canto sólo unas canciones. Como incapaz de tocar a medio gas, ni siquiera ensayando, procuro no vaciarme en el calentamiento. La meseta siempre rockea. En el escenario, nos escuchamos de maravilla y es que Eric, técnico de monitores, está en constante búsqueda de la perfección. Admiro a todos mis compañeros de una forma sincera y me pondría de rodillas ante ellos por su maestría en la forma de tocar. Pero, creo que durante estos conciertos, Lucas ha despertado la admiración de todos. Apenas lleva un par de años con nosotros y no nos creemos que se haya integrado tan bien en la banda. Laurent muestra su aprobación durante cada concierto.

Dos momentos únicos del concierto:

1. Las pinturas de Fernando Pereira que salen en las pantallas durante “Antes de la lluvia”. Es la primera vez que las ponemos y me doy la vuelta para verlas, emocionado. Sin duda, Fernando es el Jackson Pollock gallego.

2. La ovación con la que Salamanca nos despide es tan ardiente y franca que parece salida del mismísimo corazón de la ciudad. Colosal adiós. La guardo junto al resto de tesoros charros.

Tras el concierto, estamos un buen rato en el camerino. Veo a Nat Simons y le felicito por su nuevo tema “You just can’t imagine”. Hablo un rato con el Loco. Nadie quiere despedirse ni terminar con la magia de una noche que podría haberse esculpido en piedra. Cuando llego a mi habitación, me desmayo literalmente sobre la cama.