Valencia o un bramido de júbilo. 

Por Josu García

La logística de nuestros viajes es siempre complicada, y trasladarnos a los conciertos supone con frecuencia un verdadero encaje de bolillos; ¿La razón? Sencilla: la banda de Loquillo la formamos seis músicos que vivimos en seis puntos dispares de la geografía patria. Si a esto le sumamos que el nutrido equipo técnico con el que tenemos la suerte de trabajar también está disperso por el mapa, puede imaginarse el ímprobo esfuerzo de nuestra oficina para organizar los desplazamientos de semejante tropa. En esta ocasión, a Igor Paskual y a mí nos toca ir en tren hasta Valencia. Al poco de comenzar el viaje decidimos ir al vagón-cafetería para aplacar nuestra sed y nuestras ganas de conversar. Comentamos lo bien que pinta todo esa noche, con todas las entradas vendidas en la Plaza de Toros de la capital del Turia. En eso estamos cuando tres parejas vallisoletanas que están viajando a Valencia para ver el concierto nos saludan efusivos. Encantados, nos hacemos unas fotos con ellos y continuamos viaje. Al llegar, una comida sencilla para no comprometer su digestión y una siesta reparadora antes de la prueba de sonido.

Llegamos a la Plaza de Toros y abrazamos con cariño y agradecimiento a nuestro increíble equipo técnico, que como siempre se ha dejado la piel y el talento para que todo esté a punto a nuestra llegada. La calidad profesional y humana de esta gente es extraordinaria.

Tocamos algún tema del repertorio mientras cada uno ajusta el sonido de su propio instrumento y la mezcla de los demás que escuchamos a través de nuestros sistemas in ear.

Llega el Loco. Él, como nosotros, toma contacto con ese precioso recinto que dentro de pocas horas estará lleno de público. Pasea por el escenario midiendo las distancias, “haciéndose” con el lugar y el entorno.

Terminada la prueba, vuelta al hotel para prepararnos. Todos tenemos el pálpito de que va a ser un gran show, la maquinaria está preparada y ante esa certeza la furgoneta se llena de chistes, chascarrillos y ocurrencias de todo tipo.

El maravilloso imperio de la noche devora a un precioso día de Otoño. La temperatura es suave y no hay ningún riesgo de lluvia. Hasta Meteoro está con nosotros.

Ya en los camerinos, los consabidos rituales. Últimos retoques a nuestros atuendos y a nuestro aspecto y compostura. “¿Me dejas tu lápiz de ojos?” “¡Deja de mirarte al espejo, que lo vas a desgastar!” “¿Alguien ha cogido un peine que había dejado aquí?”

Un buen trago de whisky escocés para calentar el espíritu, ¡estamos a quince minutos de arrancar!

Nat Simons, como en toda esta gira, ha abierto el espectáculo con sus maravillosas canciones y su voz personal y única por estos lares, acompañada por una excelente banda de aguerridos músicos. Nos comentan al terminar cómo arde la Plaza de Toros y eso nos motiva aún más para salir a darlo todo.

Y llega el momento. El respetable eleva un bramido de júbilo al cielo mediterráneo cuando el Loco irrumpe con paso firme en el escenario y, partir de ahí, sucede todo como en una ensoñación. Todo es energía y entrega, todo fluye con ganas y con poderío. EL repertorio avanza y disfrutamos como chiquillos alborotados de nuestro sonido poderoso, de nuestra complicidad sin límite y del calor del público, que no es un público cualquiera. Estamos hablando de Valencia, ciudad donde el rock and roll campa a sus anchas, libre y sin complejos, desde hace muchas décadas. Territorio fértil para la música hecha desde el corazón y desde las vísceras.

Tras el concierto, risas, abrazos y fraternidad a raudales. Atendemos en camerinos a algunos buenos amigos que han venido a disfrutar con nosotros y juntos nos vamos a un local de la ciudad a celebrar la amistad, el rock and roll y la vida en una noche perfecta e inolvidable.