Las 87 teclas de Bilbao.

Por Lucas Albaladejo.

Mi padre siempre nos hablaba del norte en general y de Bilbao en particular. Era camionero, transportaba hierro a Cartagena cuando yo aún no había nacido y siempre se refería a estas tierras como algo especial en cuanto al trato de sus gentes y cómo no, su gastronomía. Yo, como buen niño con 7 u 8 años, no entendía muy bien a qué se refería cuando, en conversaciones de mayores en las que me hallaba presente, hacía siempre buena alusión al Pais Vasco. Diez o doce años después, en una de mis primeras giras que recalaron por Bilbao, fui atando cabos y entendiendo el discurso de mi querido padre. Anoche en el BEC le di un nuevo apretón a dichos cabos.

Llegamos por la tarde al recinto. Con la prueba de sonido terminada tocaba hacer tiempo entre bromas y conversaciones hasta que llega la hora del show. No es fácil resumir 40 años en un solo concierto y por ello, en la cita de Bilbao y de cara a la recta final, incorporamos algún tema más para ir probando, siempre guiados por ese olfato que tiene el Loco para “pinchar” sus propios hits y combinarlos a la perfección. Fuimos tema tras tema dejándonos la piel, como en cualquier otro concierto de Loquillo, pero teniendo siempre presente el matiz de la grandiosidad del recinto y lo exigente que suele ser el público vasco con la música en general y el rock en particular. Hay que convencer para llegar a vencer y sin duda lo conseguimos, aunque al final del concierto una de mis “armas” se resintieran.

Nunca suelo tener problemas con mis instrumentos. Todas las herramientas están en perfecto estado y así las mantienen concierto tras concierto nuestros infalibles Gon y Tommy. Pero, parece que siempre que me encargo de este “diario de gira” me pasa algo. Ya en el capítulo de Murcia os comenté el caso de “El acordeón rebelde” y esta vez fue el piano, mejor dicho, una de sus teclas negras (concretamente Si bemol 3) la que dijo basta tras los envites de “Quiero un camión” y “Esto no es Hawai”. Se quedó inmóvil, impracticable, no bajaba y por tanto no subía, totalmente KO. Intentas solucionarlo de forma disimulada y sin fortuna y al final terminas centrándote en las otras 87 que sí funcionan. “Show must go on”.

Van transcurriendo los temas y de nuevo nos montamos en el Cadillac para darnos un fuerte abrazo, con unos “newtons” de fuerza extra en esta ocasión a mi hombre de las frecuencias graves Alfonso Alcalá, que hizo un gran esfuerzo para darlo todo a pesar de encontrase enfermo.

Hoy, el camino de vuelta lo iniciamos como siempre temprano, con los oídos aun zumbando del volumen, pero llenándonos los ojos con esos paisajes espectaculares de los que ya me hablara mi padre de pequeño y que no hacen otra cosa que traerlo a mi memoria.

Nos vemos en A Coruña.