Las finales se ganan.

Por Javier Chiko

Me gustan los viajes largos. Tras años de gira, he desarrollado una tolerancia extraordinaria a los kilómetros en furgoneta, y me resulta agradable emplearlos en escuchar esa música que tengo pendiente, leer aquel libro o esa revista o, simplemente, dormir. Madrid-Coruña es un ejemplo perfecto de viaje largo. Normalmente viajo desde Zaragoza, pero esta vez otras labores provocan que salga desde la capital con el resto de la crew. No soy el único. Cada fin de semana, el punto de encuentro donde nos recoge el extremadamente fiable Rober se convierte en un intercambio de relatos laborales, a cada cual con más kilómetros mediante. Es increíble lo que puede llegar a aguantar el cuerpo de un técnico. Y su sonrisa.

Al viajar desde Madrid llego algo más tarde de lo habitual al montaje. Finalmente había conseguido dormirme, y me despierta la lluvia coruñesa golpeando contra el cristal de la furgoneta. Al salir, el cambio de temperatura hace el aterrizaje más complicado mentalmente, pero cuando entro en el recinto me encuentro, tal y como preveía, un impecable trabajo del equipo humano de MFO, que antes de la hora de comer ya lo tienen todo listo para la entrada del backline. La coordinación que han tenido desde el principio todos los trabajadores de esta gira 40 aniversario es algo tremendo. Pluto, Tour Manager y algo así como mi mentor en el mundo de la producción, me pone al tanto de todo a mi llegada y empezamos a planificar la tarde. No nos lleva mucho, él y yo también nos coordinamos mejor cada día.

Gonzalo y Tomy entran en las tablas en el momento que todo el mundo se retira a comer. Sus horarios, diferentes, los marcan esta clase de rutinas: en un pabellón vacío y en silencio, el trabajo fino y paciente de un backliner se disfruta el triple. La calidad, sin embargo, no se ve alterada. Les he visto entregar el mismo escenario para la prueba expuestos al sol y con mucho menos tiempo. Cuando ya han dejado atrás la parte física (como colocar amplificadores o teclados en sus posiciones escénicas), nos instan a comer tanto a mí como a los chicos de carga y descarga. Les hago caso, hace muchas horas desde el donut y el café de esta mañana y debería reponer fuerzas. Afortunadamente estamos en Galicia, y hay preparado un menú mucho más que digno para los trabajadores dentro del mismo Coliseum. El siempre atento Pepe Iwanna así me lo indica.

Después de llenar el estómago -probablemente demasiado rápido- me encuentro con el resto de la crew habitual, que llegan justo en ese momento de hacer lo propio. Poco a poco el recinto se va poblando de técnicos de nuevo, mientras al backline ya sólo le quedan pequeños ajustes. Éric, monitores, consumado perfeccionista, comienza a romper el silencio imperante con su prueba de micro. Hacer sonar tan bien a tanto volumen está al alcance de muy pocos, y así nos lo demuestra puliendo hasta el más mínimo detalle. Juanjo y Ernesto, vídeo, comienzan a tener listos los espectaculares planos y animaciones que las pantallas vestirán en unas pocas horas. Y Tello y Jose, FOH y luces respectivamente, se enfrascan en su particular tarea: el mayor disfrute sonoro y visual posible por parte del público. Lo he visto poco desde fuera -el escenario es magnético- pero lo suficiente para saber que es una barbaridad de show. En gran parte, gracias a ellos dos.

Tras un trabajo global que deja el escenario impecable y listo para la prueba de sonido, llegan los músicos. La comunicación y empatía que existe hoy por hoy entre ellos y nosotros es admirable. No sé de quién será mérito, pero lo tiene. Jorge, road manager, se ha ocupado como de costumbre de traerlos al recinto sin ningún tipo de preocupación innecesaria. Están cómodos, relajados. Tras una retahíla de chistes y abrazos, la prueba arranca con confianza, y en su transcurso aparece el Loco, con la sonrisa del que sabe que tiene las de ganar. Eso se contagia. Rafa, su asistente, me da un abrazo de esos que desmontan. Ver el bolo entero junto a él y Jose Lapuente -el mayor artífice de todo esto- es una de tantas cosas que voy a echar de menos.

Sandra, comunicación, me presenta a los dos cámaras que van a grabar hoy el concierto en el escenario. No hay sorpresas en este trabajo, todos nos tenemos en cuenta. Los automatismos ya están aprendidos. Termina la prueba y recibimos en el escenario a Nat Simons y su banda, que con la progresión que han tenido en estos conciertos no me imagino dónde pueden llegar. Son buenas personas y buenos músicos, con apabullante clase. Hoy se les ve un punto más arriba. Más hechos. Más grandes.

Justo antes de comenzar su concierto apuro un bocadillo bastante disfrutable pese a su condición de bocadillo (insisto: Galicia), y todos nos preparamos para la hora de la verdad. Soy muy aficionado al fútbol, y siempre me gustó crear el paralelismo, desde el punto de vista del trabajador, entre un concierto y un partido. Partido a partido. Bolo a bolo. Pues bien, se había terminado el calentamiento. Los jugadores estaban a punto de saltar al terreno de juego.

Preparo a los chicos de carga para el cambio, mientras disfruto la segunda mitad del concierto de Nat. Finalizado este, en cinco minutos, seis a lo sumo, el escenario ya está listo para Loquillo. Calma tensa. A las 22:05 se apagan las luces y comienza la proyección en las pantallas. A partir de ahí, el simposio de Rock que muchos de vosotros habéis presenciado ya. Alfonso, Igor, Josu, Laurent, Lucas y Mario, comandados por el Loco, le dan durante casi tres horas sentido a nuestro trabajo. Es un concierto total, con momentos de toda índole. He presenciado este show durante 7 giras, ninguna como ésta. Nunca un espectáculo tan largo se hizo tan corto. Al finalizar están exhaustos, como el jugador que lo ha dado todo por su camiseta. Perdón, ya estoy otra vez. Pero bueno, a nadie le va a sorprender a estas alturas mi enfermedad balompédica. Si no, Igor no me preguntaría saliendo del escenario, sin resuello, cómo ha quedado el River-Boca. No sé ni cómo explicarle que se ha suspendido. En ese preciso instante, justo antes de que las luces del Coliseum se enciendan por completo y comencemos a devolver todo ese Rock desplegado a tres trailers en tiempo récord, me pasa por la cabeza que sólo quedan dos fechas más: Zaragoza y Barcelona. Sólo dos abrazos más a todos mis compañeros en los últimos acordes de Cadillac Solitario. Sólo en dos ocasiones más tendremos la sensación de haberlo conseguido, de haber estado a la altura.

Diez segundos después la primera caja cerrada, lista para salir del escenario, me saca de mi abstracción. Qué buenos son. Empiezo a organizar la carga del primer camión, y entonces lo pienso: esto se acaba. Ninguno queremos. Pero nos quedan dos finales.

Y las finales no se eligen, se juegan y se ganan.