El periódico / 21-4-2008

Los príncipes valientes, título de la nueva novela de Javier Pérez Andújar, nos traslada a los días finales del franquismo en un evocador relato de infancia e iniciación, con el cinturón industrial metropolitano como telón de fondo. Pura cultura charnega. Siento predilección por las narraciones que abordan los primeros pasos del niño en la vida y su visión del mundo adulto. Infancia, de Jacques Prévert; Memorias de un niño de derechas, del maestro Umbral, o el poema narrativo de Dylan Thomas Navidad de un niño en Gales son claros ejemplos, aunque El niño asombrado, de Antonio Rabinad, sea mi favorita.

El desgarrador relato de un niño de la calle de Hernán Cortés, en el barcelonés barrio del Clot, golpeado por la realidad del Alzamiento del 18 de julio. La toma de las calles, las banderas y las consignas; la aparición de los hombres de cuero; la desaparición de su padre en manos de desconocidos; el descubrimiento cruel de su asesinato por los incontrolados; los bombardeos; el silencio y la miseria del final de la guerra… La lectura de El niño asombrado cambió mi vida. Los escenarios de mi infancia están directamente relacionados con la novela de Rabinad. Fueron las calles donde yo jugaba y perseguía gatos. Mi familia, además, fue testigo de todo lo narrado, porque ellos, el niño, la madre, eran los vecinos del primero. Aunque esa fue una información que tardé más de 30 años en conocer. Sería Antonio quien por fin colocó las piezas de un rompecabezas que el exilio y el miedo habían borrado selectivamente de la memoria familiar.

Durante los últimos años lo he visitado con frecuencia cuando estoy en tránsito en Barcelona. Los domingos regenta, junto a sus hijos, un puesto de libros de viejo en el mercado de Sant Antoni, donde mi padre me llevaba a cambiar cromos y donde seguramente se paraba a echar una charradeta con él. Quizá no sepa lo que ha hecho por mí. Considerado el escritor secreto de su generación, sufre el ostracismo oficial que prefiere a los escritores de estómago agradecido, encantados de viajar de la mano de una clase política que termina recomendando los monólogos de algún mediático como lectura para Sant Jordi.