Jordi Hereu en el concierto de Loquillo

(Artículo publicado en El Periódico el 26 de septiembre de 2010. Juancho Dumall/Director Adjunto).

Cuando tienen público, los políticos tienden a sacar su vis más teatral. Sin embargo, la sonrisa de satisfacción que mostraba la noche del jueves el alcalde de Barcelona, Jordi Hereu, en el concierto de Loquillo no parecía una simple pose para la afición. Puede que esos minutos en los que se movió discretamente al ritmo del rock and roll en la avenida de la Reina María Cristina fueran de los pocos instantes de sosiego para un alcalde en dificultades preelectorales, sometido al estrés de las fiestas de la ciudad y que acababa de tragarse sin pestañear un pregón de la Mercè de tono independentista.

Pero Hereu disfrutó. Saludó tranquilamente a los chicos de las primeras filas (No vine aquí para hacer amigos, pero sabes que siempre puedes contar conmigo) y se dejó envolver por las canciones evocadoras de tiempos más brillantes (Cuando fuimos los mejores, los bares no se cerraban).

Un alcalde siempre se la juega cuando llegan las fiestas. Y más en momentos de recortes presupuestarios, cuando las apuestas deben ser seguras. La gran cantidad de público que se acercó a la falda de Montjuïc debió de ser otro bálsamo. Más aún cuando se palpaba el civismo con el que los barceloneses disfrutaban de la noche (Y ahora estoy aquí sentado en un viejo Cadillac segunda mano, junto al Mervellé, a mis pies mi ciudad).

Ejemplo de coraje

Hereu, un político que ha reconocido errores, como el de la consulta de la Diagonal, y que siente la falta de respaldo de los suyos en los momentos difíciles, está dando un ejemplo de coraje. En lugar de instalarse en la melancolía (Maldigo mi destino, mi estrella se eclipsó (…) Cómo se puede morir, si en este mundo no has logrado vivir), ha decidido continuar en la batalla y, como él dice, «seguir haciendo ciudad».

Sabe que no lo tiene fácil ante un curso decisivo y con todas las encuestas adversas (Me han matado tantas veces que aprendí a resucitar). Pero al menos encontró el momento para disfrutar de las fiestas, sin demasiados protocolos, con la corbata de rigor y al ritmo de los viejos tiempos. (Los muchachos del verano se dijeron adiós el día que Buddy Holly murió).