Mañanas urgentes, de fábricas y mercado a pleno pulmón. Desde primera hora los camiones de reparto llegan asustando, los puestos de pescado montan cuando ni han puesto todavía las calles. Trabajadores de bocadillo bajo el brazo y carajillo. Encienden el primer cigarrillo de la mañana mientras un rumor inunda las calles, la Hispano Olivetti bulle, la resistencia antifranquista hace su trabajo, se escapan las consignas bajo mano. Nadie sabe qué pasara hoy.

Me quedo en casa, las huelgas se suceden y mama me prohíbe salir al balcón, todo pasa ante mis ojos, las carreras, la policía. Todo parece una película, pero es real.

Papa duerme, camiseta imperio y tatuajes. Procuro no hacer ruido, le tocó turno de noche en el puerto, estibador a horas convenidas, para que yo pueda ir a un colegio del centro de la ciudad. Como no puedo defraudarle, me visto con sigilo. La tía Rosita se levanta a las 5, entra a trabajar a las 6 en la fábrica Simon de Material Eléctrico, por eso se levanta enchufada y siempre me despierta. Yo intento dormir un poco hasta que me toca diana, pero es misión imposible. Desde que la abuela Julia ha venido de Chiprana todo es un caos. Dormir en el pasillo es una prueba de resistencia, compartir 49 metros cuadrados con cinco personas, un periquito que va a su bola y un jilguero que hace años dejó de regalarnos su canto.

Acepto la situación con deportividad a pesar de no tener al Capitán América protegiendo mis sueños desde la pared de mi habitación, realmente pequeña, que ahora ocupa mi abuela. Mi tía Rosita guarda con fervor una imagen de la virgen, que para eso se ha quedado para vestir santos, y de su cantante favorito, Manolo Escobar. Tiene todos sus discos y se pasa el día cantando sus canciones con las vecinas, que dejan las puertas de sus casas abiertas mientras comentan los últimos horrores que nos trae semanalmente ‘El Caso’. Y cantan. Un cantante venerado por sus orígenes, por ser de los nuestros, ese es Manolo.

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