El periódico / 8-10-2007

Soy barcelonés, de clase obrera, charnego y bilingüe. Y siempre que regreso al barrio me gusta verla. La Monumental simboliza, junto al desaparecido parque de atracciones de Montjuïc, los chiringuitos de la Barceloneta y nuestro añorado Copito de Nieve, la Barcelona anterior a la invasión de turistas, perroflautas y provincianos etnicistas que han deteriorado notablemente nuestro paisaje urbano.

Por ese motivo decidí aceptar la invitación de Jaime Urrutia, compañero y sin embargo amigo que, tras haber llenado la plaza de Catalunya con su rock castizo plagado de referencias taurinas, decidió quedarse una día más en nuestra cosmopolita ciudad para asistir a la corrida del domingo.

Al cruzar el umbral, los olores me trasladaron a otra época. De cuando mi madre me llevaba en brazos a ver salir por la puerta grande a los toreros, de cuando no había dinero en casa y mi tía Rosa me colaba de extranjis en el último toro. Me vinieron a la memoria las correrías de niño por el interior de la plaza, impresionado por un ritual semejante al de los gladiadores en el Coliseo romano.

Ya de adolescente, el olor se me hace distinto, asustado por los botes de humo que son lanzados por los grises contra los que intentan colarse en el mítico concierto de los Stones, el primero que dieron en una España que luchaba por salir de la oscuridad de la dictadura.

Y de adulto, el olor a sudor de las primeras filas a las que accedí a empujones, tras abandonar un palco en el que me sentía incómodo, para ver a Bruce Springsteen cantando The River con un equipo prestado, pues el suyo se había quedado en la frontera por una huelga de camiones.

Los recuerdos se disipan y vuelvo a la realidad actual. El griterío acompaña el desalojo de la plaza. Jaime se acerca, me abraza emocionado y da vivas a la respetable afición barcelonesa, triunfante por la gran tarde vivida.

La faena del maestro César Rincón en el primer toro, el corazón en un puño en cada lance de José Tomás y el triunfo por la puerta grande del torero barcelonés Serafín Marín. Mientras nos alejamos para buscar un bar donde nos sirvan una Mahou vuelvo a dejarme ir, los olores de las distintas etapas de mi vida se entremezclan, las imágenes de mi padre cogiéndome de la mano al salir de la plaza rumbo a casa terminan por crear un aroma evocador y nostálgico que me devuelve a la infancia.

Mi única patria.