Nacho Vegas dedica su último trabajo a Phill Ochs.

Recupero este artículo para Popular Uno en su honor..

Quince años, un momento clave en la historia de la humanidad cualquiera. Uno se abre al mundo y todos los sentidos explotan en un cóctel de testosterona y adrenalina,.

Es ese instante preciso en que la música se convierte en la banda sonora de tu incipiente vida de adolescente, no llegas a distinguir estilos, pero te quedas con la imagen como referencia de sonidos, incluso cave la opción de que tú entiendas que a pesar de que la música no acompañe a la letra o viceversa algo tiene que estar a punto de pasar para que todo eso cuadre. No sabes, luego existes.

Eso fue precisamente lo que me pasó en 1976. España hacía su viaje a la transición democrática y yo estaba en la rampa de lanzamiento hacia mi propia vida. Deambulaba todas las tardes antes de ir al entreno con mi equipo de basket por un Corte Inglés que hacia a la vez de lugar perfecto para hacer novillos y asilo permanente para adolescentes como yo, que en la cuarta planta se pasaban el día escuchando discos a través de unos auriculares en forma de teléfono.

En aquella etapa de aprendizaje sonaban en mi pick up  Bowie, Lou Reed, la Velvet  todo el Glam Rock y naturalmente Elvis. Al rey lo vi en un especial de tv vía satelite desde Hawai, el RNR conquistó mi corazón y tras él vinieron Chuck Berry, Buddy Holliy, los Béatles en Hamburgo vestidos de rockers y por otro lado la pasión desmesurada por Bob Dylan al que conocí tras ver en el cine Pat Garret y Billy the Kid, la edición en España de Escritos Canciones y dibujos de Bob Dylan de la editorial Castilla fue un faro en la oscuridad para mi en aquellos años  de aprendizaje.

Bien hasta ahí todo correcto, el rnr por un lado el glam por el otro y la poesia de Dylan por otro, hasta que sucedió.

Entonces una portada de un disco podía cambiarte la vida y así fue. Un tipo sentado en el suelo de un callejón, apoyado en una pared repleta de carteles despegados, rasgados o pasados de tiempo con un símbolo pacifista escrito con aerosol negro en la pared. Ese mismo tipo luce un agujero nada metafórico en la suela de los zapatos, algo parecido a hojas de periódico parecen hacerle compañía. Lleva un corte de pelo  a lo Laurence Harvey y ademas luce una mirada entre perdida y arrogante. Los colores de la portada son una obra maestra de la cuadratura del círculo, el callejón donde se tomo la foto es de un realismo crudo y veraz y el abrigo de estibador que guarda las manos de nuestro heróe cansado es puro Nicholas Ray.

Ante esta imagen demoledora solo quedaba el titulo que reflejase el momento vital, tal vez el suyo, desde luego el mío; Ain t Marching anymore,

El nombre de nuestro heróe es Phill Ochs

Días después conseguí robar el disco en el Corte Inglés. A la primera escucha en mi guarida, sentí que me transmitía rabia contenida, un grito de esperanza y a la vez un sentimiento de soledad que me dejaron k.o.

Vietnam, los derechos civiles. Phill Ochs era un cantante folk  pero tenía una actitud que mas que rock era punk antes que los punks. Lo hacía con una sola guitarra, con la voz decidida y arrogante, melancólica y sensible a la vez y estaba completamente solo, tan solo como Gary Cooper.

Me convertí en su primer fan contemporáneo, me puse el abrigo de estibador de mi abuelo, me compré una guitarra acústica, aprendí unos pocos acordes y empece a frecuentar ambientes de folk que nunca entendieron porque me gustaba Elvis. Eso fue  el mismo año que Ochs decidió poner fin a su vida ahorcándose con su propio cinturón. Era el 6 de Abril de 1976, un par de años antes había manifestado que para que en Estados Unidos surgiera un revolución Elvis tenía que convertirse en nuestro che Guevara.

Una década después luciría en mi chupa de cuero parches de Elvis y El Che en homenaje a Phill  Ochs y dedicaría mi primer disco Los Tiempos Están Cambiando a su memoria. Precisamente un tema de Dylan, en versión punkabilly del que fue su amigo hasta que el cantautor de Minnessota, henchido de soberbia lo echó de su limousina después de criticarle una canción.

 

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