El periódico / 9-11-2009

Ando estos días tan despistado siguiendo el hilo de los acontecimientos, que tengo que buscar en el diccionario de la Real Academia Española lo que dice sobre la palabra democracia, que, para refrescar más de una memoria, es lo siguiente: «Doctrina política favorable a la intervención del pueblo en el Gobierno».

Para empezar, y ciñéndome al diccionario, ya vamos mal, porque el pueblo estos días, más que intervenir en el Gobierno, está interviniendo, como espectador, en un espectáculo lamentable, no se sabe si comedia o tragedia griega. No se sabe si estamos viendo una película de mafiosos o una de Berlanga, no sabemos si se trata de una función para reír o para llorar, para que me entiendan.

Diremos que la realidad supera siempre a la ficción y nos quedaremos tan anchos, pero yo no dejo de pensar en todos aquellos que lucharon por esas palabras, que están carentes ya de significado de tanto usarlas en vano ( perdonen por el desliz católico): democracia, voto, derechos, igualdad… Por aquellos que sufrieron cárcel, persecución y exilio, que fueron fusilados y, si tuvieron suerte, descansan hoy bajo una losa y no en una fosa común o en una desconocida cuneta.

Dicen que vivimos enredados en las enseñanzas del franquismo… y es verdad. Los enemigos de la democracia lo hicieron tan bien, que todavía no hemos aprendido a vivirla ni a ponerla en práctica. Votamos y nos engañan, nos defraudan con ideas del siglo XIX en los albores del XXI y nos roban el sudor de la frente de los andamios y las fábricas para organizar grandes viajes, bodas, banquetes y comuniones.

Menos mal que muchos ya no están con nosotros. Yo, por ejemplo, no sabría cómo mirarle a la cara a mi padre. Decir que la democracia está herida es muy suave. Ha muerto. Para mí que la han asesinado.

Leo en el blog feminista Cicatrices transgénicas a una gata decir: «Con tanto Alí Babá, cuesta reconocer a los 40 ladrones». Y realmente tienen razón. Solo nos queda la protesta, la acción, salir a las calles. Porque quedarnos sentados en casa sin saber a quién votar es jugar a su mismo juego y perpetuarlo.