El periódico / 28-1-2008

Anadie se le escapa la fascinación mutua que existe entre el poder y el mundo de la farándula. Desde el Renacimiento hasta nuestros días se ha visto de todo en los anales de la historia; siempre están aquellos que prefieren la connivencia con el poder y que son aupados por una ideología a la que sirven. Musicalmente hablando, podemos recordar la utilización de canciones para encarar campañas o incluso impulsar revoluciones. Yves Montand fue criticado por denunciar la falta de derechos humanos tras el telón de acero cuando era simpatizante comunista. Por el contrario, Silvio Rodríguez va de gira por las cárceles cubanas incapaz de denunciarse a sí mismo; los Kennedy jugaron a algo más que a la ruleta con el Rat Pack de Sinatra; el compromiso de la Nova Cançó en la lucha antifranquista… Son casos que revelan los distintos comportamientos y sus vicisitudes cuando el creador asume un compromiso.

El poder juega sus cartas con más habilidad y, hecha la foto, si te he visto, no me acuerdo. Pero los artistas siempre terminan quemados por una causa, justa o no, a no ser que aspiren a un cargo público o a depender del partido que les mantenga a costa de las subvenciones de turno. Esta es una muestra más del clientelismo político que nos azota y que ha terminado por desterrar la crítica y a aquellos que la generan.

Se juega uno la pertenencia al lobi, vinculados estos generalmente a los partidos de izquierda (la derecha todavía no ha conseguido un ramillete de acólitos), que sin pudor señalan con el dedo al disidente enviándole al gulag. Si no, pregunten, pregunten por el caso de José María Mendiluce en su candidatura a la alcaldía de Madrid por Los Verdes.

En cuanto a mí, nunca he rechazado una entrevista con un político cuando se ha pedido mi opinión; creo firmemente en la democracia y la defiendo, he sido actor y protagonista en varias ocasiones dando mi apoyo a quien he creído en cada momento y no me arrepiento de ello. Hay quien dice que los creadores no deben mojarse, aunque vendan su imagen por un puñado de móviles. Ahora, cuando se acercan las elecciones y empieza el baile, hay una frase que escucho en los mentideros y que pertenece a una película de Scorsese: «Oye, pero tú sigues siendo uno de los nuestros, ¿verdad?».

Por eso, tras el ultimo folletín romántico entre el poderoso Sarkozy y la farandulera Bruni, solo espero que pronto nos deleiten con una nueva versión de Je t’aime en directo desde el Elíseo.