El periódico / 11-6-2007

Durante estos primeros meses del año la comunidad de Madrid ha homenajeado a la movida. Es curioso que una comunidad gobernada por el PP reivindique un movimiento cultural que tuvo su momento de máximo esplendor durante el gobierno del PSOE. Esto me lleva a pensar por qué razón en Catalunya se ignoran las manifestaciones culturales no oficiales que tuvieron en el área metropolitana su punto de encuentro.

Y para muestra unos cuantos botones: la cultura pop que representaron bandas como Los Sírex, Salvajes, Cheyenes o Lone Star, que tanto significaron para los jóvenes en los 60. O la contracultura underground de los 70, reflejada por Pau Malvido en sus crónicas para la revista Star; las jornadas libertarias del parque Güell, en el 77; el punk que dio sus primeros pasos en el Casino L’Aliança de Poblenou; la Cúpula Venus y su legado escénico; revistas que marcaron tendencias como Disco Exprés o la decana Popular 1; el boom del cómic transgresor con publicaciones como El Víbora… Y ya en los 80, los fancines, las radios y compañías independientes que trabajaron sin ningún tipo de subvención; la nueva ola de la cultura urbana que aparece en las crónicas de Sabino Méndez: rockers y mods, de los míticos Rebeldes a los añorados Negativos. ¿Sería el fotógrafo Manel Esclusa, que inmortalizó esos días, elevado a los altares de haber nacido en Madrid?

La cultura oficial defiende que estos ejemplos de cultura metropolitana no son dignos de ser calificados de cultura catalana, cuando son fenómenos claramente barceloneses. Eso sin querer entrar en el mundo de la literatura o el cine, donde muchos de sus protagonistas son ignorados o acusados de renegados. La cultura oficial vive inmersa en su propia realidad virtual, creando sus propios monstruos pasilleros, que sirven al gusto sin morder la mano que les da de comer. Prefieren viajar con la maleta repleta de provincianismo emulando al protagonista de Bienvenido míster Marshall. Nosotros los catalanes no vamos a hacer como los madrileños, solo faltaría. Aunque, pensándolo bien, no sé de qué me quejo: peor es que te den una medalla por los servicios prestados.