“Esto de las canciones (del arte en general, en cualquier disciplina), como los caminos del Señor, es bastante inescrutable y se presta a todo tipo de interpretaciones”

La semana pasada, durante un almuerzo con Loquillo, se le aproximó un joven camarero y, con enorme respeto y casi en susurros, le comentó que lo admiraba mucho y que ‘El hombre de negro’ era su canción favorita. Un rato después, se acercó de nuevo, ahora para entregarle lo que parecía una agenda o un libro de bolsillo de gastadas cubiertas negras, y con las primeras páginas anotadas a mano. En el mismo tono bajo y respetuoso le explicó que siempre lo llevaba consigo y que para él sería un honor regalárselo. Loquillo, algo azorado al comprobar qué era exactamente el obsequio, y mientras lo hojeaba, asentía con un gesto que dibujaba tanto una sonrisa como cierta sorpresa. La escena me pareció que tenía mucho de íntima, que aquel no era el típico fan plasta que quiere hacerse una foto y pegar un poco la hebra con su ídolo mientras le reitera lo grande que es, así que rápidamente opté por la discreción y, aunque todo sucedía justo enfrente de mí, decidí girar la cabeza e interesarme por otra de las conversaciones que se mantenían en la mesa. Cuando el chico se fue, el Loco me mostró el libro: el “Nuevo testamento”. No estaba preparado para eso, y supongo que puse ojos más grandes que los platos de la mesa. Él mismo estaba impresionado, pero explicó que el chaval le había comentado que quería que lo tuviera, que le acompañara, que le haría bien y que todo venía por, precisamente, ‘El hombre de negro’, que era una canción que escuchaban mucho en su congregación, pues pertenecía a no recuerdo qué iglesia.

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