El periódico / 5-11-2007

Vaya por delante que no soy votante de Ciutadans-Partido de la Ciudadanía, y que no simpatizo con Unión, Progreso y Democracia (UPD). He sido votante del PSOE y de Izquierda Unida, antes de su reconversión en el Principado. Tampoco a mí me gustan muchas de las declaraciones de Albert Boadella, pero, a diferencia de compañeros de profesión, políticos, periodistas afectos al régimen y ciudadanos autistas, yo tengo memoria. Recuerdo estar sentado a su lado junto a Joan Manuel Serrat en el mitin del entonces PSC-PSOE, apoyando a Felipe González. Hablamos sobre mi gira de aquel año, que titulamos irónicamente la ruta del exilio, ante el rechazo que provocaban en muchos ayuntamientos nuestras críticas a la cultura oficial. Para mí, Boadella era un héroe, artista comprometido con un tiempo y un país, paladín como otros muchos en la defensa de las libertades democráticas.

Durante estos últimos años he seguido su trayectoria con avidez y he visto cómo aquellos que le adulaban en el Sant Jordi y ensalzaban su enfrentamiento con el ciudadano Pujol Soley lo abandonaban a su suerte, y cómo era acusado de españolista, un insulto atroz en esta Catalunya democrática.

A estas alturas, todos sabemos cómo las gasta el señor Boadella: y es que a todos nos parece que se ha pasado de una acera a la de enfrente. Sabemos qué tipo de cómico sería si no utilizase la transgresión y la provocación: uno de esos que tanto gustan a los políticos catalanes que solo ven, oyen, callan y ponen el cazo. ¿No puede Boadella decir lo que le dé la gana y situarse políticamente donde le plazca? ¿Tiene el creador que ser el vocero de las ideas que le dan de comer? ¿Tengo que sacarme el carnet del partido para tener acceso a la subvención de turno y así seguir haciendo películas, montajes teatrales o proyectos musicales?

Y yo, ¿qué hago? ¿Tengo que salir con la bandera de Estat Català enarbolando mis conciertos o sería mejor visto en un videoclip con Joel Joan retozando en una sauna, dirigido por Ventura Pons? Catalunya no puede permitirse el lujo de prescindir de nadie. Ni de unos ni de otros, porque Catalunya es eso: pan con tomate, sal y aceite.