El periódico / 22-12-2008

Die Welle, La ola, es una película basada en hechos reales. En 1967, un profesor de un instituto californiano puso en práctica un experimento: instituyó en clase un régimen de rígida disciplina, formando a los alumnos como unidad. Jones, que así se llamaba el profesor, se vio obligado a acabar con el proyecto antes de que el experimento pasara a mayores.

El director, Dennis Gansel, nos propone en La ola el mismo experimento, pero realizado hoy y en un instituto de Alemania. Lo que intenta es explicar a sus alumnos el significado de autocracia y, al mismo tiempo, hacer una pregunta al respetable: ¿sería posible hoy otro reich (imperio) alemán?

Por supuesto, el experimento es demasiado peligroso, y al anarquista convencido, curtido en el punk y la okupación, se le va de las manos el proyecto. La película puede ser obvia; los alumnos, hijos de la Alemania post-Muro, posglobalización y haciendo la cola de la crisis mundial, son los hijos de los turcos, de las familias desestructuradas o de las familias new age, y, claro, están desorientados. La realidad es también de lo más obvia. Sin embargo, La ola debería verse en los institutos de este país y de todos, porque tal vez los chicos aprendan algo mirando hacia atrás con toda la ira que merece un pasado doloroso y un futuro de lo más incierto.

Me gusta el último cine alemán. El hundimiento, La vida de los otros, Good bye Lenin, Los falsificadores… Me gusta porque no niega su pasado ni su necesidad de revisarlo y lo hace con verdadera pasión y sin vergüenza. Me parece muy sano. Los malos son horribles, como lo fueron; los buenos, ni siquiera son tan buenos, porque así fue.

Nosotros, en cambio, seguimos exclamando ante el estreno de una película sobre nuestra historia contemporánea: «Otra de la guerra civil…». Como quien dice «otra de vaqueros». Y nos resultan tópicos los fachas malísimos y los rojos idealistas de nuestro cine de memoria. Miramos con sorna lo que deberíamos mirar con mucha atención, sin miedo a la pasión que nos desata y con la mente puesta en un futuro distinto, sin repetirnos, que eso, desde luego, sí que sería lo obvio.