Afirma Tony Soprano que recordar es la forma más baja de conversar, y se diría que José María Sanz, Loquillo, tiene ese criterio como leitmotiv: recordar es la forma más baja de vivir. Por eso, la suya es una historia de permanente evolución artística y personal. De respeto por la nostalgia, sí, pero también de independencia respecto al lastre de la melancolía. Nos encontramos ante una figura muy difícil de delimitar porque esa evolución se ramifica en varias direcciones, lo que siempre constituye una buena forma de jugar al desmarque con su propia historia. Y es precisamente ese escapar de la cárcel de los días remotos lo que le sitúa como un referente nacional más allá de las estrictas consideraciones musicales. Loquillo es probablemente una persona, pero sin lugar a dudas estamos hablando de un poliedro. Y eso hace que tenga adeptos de todas las generaciones y gustos, una amplia horquilla que parte desde el que se complace sabiéndose minoritario, hasta el que adora a la estrella de multitudes.

Ser él debe suponer estar en un continuo estado de vértigo. (¿Qué nuevo proyecto puedo poner en marcha?) Y esa dinámica le ha llevado a habitar en tiempos interesantes. Es un cantante de poesía, un crooner de terciopelo, un nuevo gurú indie, una celebridad del rock, un fino compositor y un arquetipo de frontman. Pero también es un intérprete cinematográfico, devoto seguidor de los Celtics, Cassavetes del Clot, compañero de ídolos del basket patrio, productor de documentales, escritor de homenajes paternos y ¿qué nuevo proyecto puede poner en marcha?

Barcelonés del sesenta convertido en adolescente de barrio, a la mano muchas atmósferas y todas ellas tentadoras. Bruce Lee, Elvis, Sex Pistols, Bowie, Lone Star, futbolines, autos de choque, mujeres, una ciudad que es todo un escaparate. Y se pone a cincelar una carrera de cantante que amplificará desde el minuto cero una de las personalidades más contestatarias de nuestro tiempo. A partir de aquí, su éxito se irá levantando año a año. Talento, intuición, carisma o coherencia son los culpables, pero es la audacia la que parece guiarlos a todos. No, el que no arriesga no gana, pero el refrán no dice que el que arriesga vive todo el día a un palmo del batacazo. Vivir así es peliagudo, pero resulta una forma de placer muy concreto: el sabor del triunfo se distingue mucho de la matemática de los salarios infalibles. Huir de los mecenazgos comprometedores o acomodarte en sus algodones, un dilema que a los artistas se les presenta más de tres veces en la vida. Loco parece haber nacido sin esa disyuntiva.

Y eso es lo mejor para sus admiradores, el saber que lo próximo que Loquillo haga no sólo será inédito. Ante todo, y esto es la mayor aventura de todas, lo próximo será una sorpresa, un desafío, una atrevida apuesta personal. Y aquí va la mía: apuesto todo lo que tengo a que Tony es fan del Loco. Comenzad a vaciaros los bolsillos.

Por Guillermo Sancho.