El periódico / 31-12-2007

No es de recibo escribir el último día del año sobre la violencia contra las mujeres, pero es cosa de todos los días. Las muertes por violencia machista deberían preocuparnos más a los hombres que a las mujeres, porque son hombres los que matan y, si es un problema de género, desde luego es un problema del género masculino.

A vueltas con la cuestión del género, me desperté hace unos días con la noticia de que Zapatero va a contemplar el cuarto supuesto en la ley del aborto: lo incluyó en su campaña del 2004. Y supongo que a las mujeres les dio un vuelco el corazón de regocijo, sobre todo a las que durante años han luchado porque su derecho a elegir ser o no madres no pasara por el examen de su salud física o mental, o por una violación. Igualando en derechos a otros colectivos, la revisión de la legislación del aborto se ha quedado tan para el final, que ha tenido que reaparecer al calor del escándalo del doctor Morin y sus clínicas de Barcelona. Estoy de acuerdo con que juzguen a un delincuente que se aprovecha de la desesperación de las mujeres: por lo que leo en algunos periódicos, el doctor Morin es la nueva versión de la aguja de punto y el perejil, así que si ha delinquido, que pague lo suyo.

Yo, sinceramente, creo que son las mujeres quienes deben decidir sobre su maternidad. Estamos asistiendo a una campaña de criminalización del derecho al aborto que recuerda lamentablemente a la situación de los años 80. Empecé a escribir mi opinión congratulándome, junto a ellas, con la idea de un presidente de verdad progresista. Sin embargo, ese mismo día la noticia se retorció, y de ampliación de la ley del aborto se quedó en debate interno del partido. Y es que nada es lo parece: en el fondo no somos tan progresistas como parecíamos, y en cuanto la Conferencia Episcopal nos azuza un poquito, volvemos al redil.

Leo un reportaje sobre las republicanas españolas, en una de esas revistas de feminismo de salón a todo color, donde se iguala a la Sección Femenina con las luchadoras republicanas en la liberación de la mujer, no vaya a ser que alguien se moleste… ¡Qué barbaridad! Lo que digo: no somos ni tan feministas ni tan progresistas.