El Mundo / Marzo 2010

Rodábamos en la azotea de la Torre de Madrid el clip ‘Con Elegancia’, la versión en castellano del maestro Jacques Brel adaptada por el poeta aragonés Gabriel Sopeña. La Gran Vía extiende sus galas con todo su esplendor, las marquesinas lucen sus colores de cinemascope en una noche de sábado y Madrid se echa a la calle, loca y arrebatada. El rodaje se prolonga hasta el amanecer porque buscamos esa luz única e inesperada, grabamos sin permiso, como debe hacer todo aquel que aspire algún día a hacer cine. Ese videoclip, junto al disco que posteriormente publiqué en 1999, ‘Nueve Tragos’, son el testimonio de aquel Madrid de fin de siglo.

Sabíamos que aquello no podía durar, era demasiado perfecto vivir en la Torre de Madrid y tener la Gran Vía a nuestros pies, nuestro ático en el piso 32 pronto tendría un nuevo dueño y las veladas nocturnas serían en pocos años una anécdota que serviría para loar una juventud que se reía por aquel entonces hasta de su propia resaca. Aprendimos a beber cócteles siguiendo las páginas de Garci y de su libro ‘Beber de cine’, la música de Dean Martin, Frank Sinatra, Chet Baker o Robert Mitchum no ha vuelto a sonar con tanta frecuencia como entonces, mis camisas hawaianas ocupan ahora sólo un lugar en mi armario, aquel que tiene que ver con el pasado, como cenar en Korinto y acabar la noche en Balmoral, algo que hoy, más que una quimera es un imposible; los dos locales sacrificados en beneficio de la especulación y la cultura del centro comercial.

Las discusiones sobre la vida en La Habana precastrista, el culto al cine negro o la leyenda que rodea a Howard Hughes y los romances de la fiesta sin fin de José Luis de Villalonga no encontrarán nunca mejor público; aquel que nos visitaba a cualquier hora del día o de la noche, las chicas, como no podía ser de otra manera, eran de película y los amigos seguirán siendo los de siempre.

La escena se completa una mañana empapada de tristeza, alrededor de una mesa donde nadie se atreve a decir una palabra… enterramos a Pepe Risi y todo lo malo parecía derramarse Gran Vía abajo. Ahora miro fijamente la portada de aquel disco de Burning de 1984, ‘Noches de Rock & Roll’, con la Gran Vía amaneciendo, la Torre de Madrid al fondo. Se puede observar en esa foto, la única luz del edificio encendida a esas horas que proviene del ático en el que Pere Ponce, Oscar Aibar y un servidor compartimos con intensidad un tiempo extraordinario.