El periódico / 26-3-2007

Todos los años, el 20 de noviembre, en el cementerio de Montjuïc, un grupo de mujeres libertarias hacen un homenaje a Durruti, Ascaso y al padre de la Escuela Moderna, Ferrer i Guàrdia. Se reúnen allí viejos luchadores anarquistas, con banderas rojas y negras y la tricolor republicana. Ellos, que defendieron esas banderas, fueron los héroes de la barriada, formados en los ateneos o en los frentes, en el exilio o en las cárceles. Creen en la educación y en los valores humanos.

Eduardo Pons Prades es uno de esos héroes que se formó en la escuela racionalista. «En las escuelas se forma el mundo del mañana», le enseñaron en el corazón del distrito V de Barcelona, en plena era del jazz. Así que no es de extrañar que quisiera ser maestro.

Pero cuando la esperanza del mundo de progreso de la República se hizo añicos, el joven Eduardo ingresó en la Escuela Popular de Guerra y en vez de maestro salió instructor de máquinas de acompañamiento. Quería enseñar a leer y tuvo que enseñar a combatir a quienes no sabían las tres palabras clave: libertad, igualdad, fraternidad. En el frente fue miliciano de la cultura, enseñó en las trincheras y en la cárcel.

Su empeño en enseñar le ha llevado a salvaguardar el legado del anarquismo, la memoria de la resistencia, de unos jóvenes educados en el culto a la vida, que soñaron lo que pudo haber sido y no fue. Una memoria que fue borrada durante decenios.

En esos años en los que no se podía hablar de las ubicaciones de las fosas llenas de fusilados, Eduardo recogió los testimonios de guerrilleros y maquis, de las muchachas que iban en bicicleta con mensajes en clave y armas en la maleta.

Recorrió kilómetros junto a Antonina Rodrigo para reencontrar a viejos compañeros de armas en la Resistencia. Caminó por el ruedo ibérico de punta a punta, rehaciendo el mapa de los clandestinos, de los proscritos, escribiendo una memoria que no quería nadie.

Ellos son los verdaderos héroes de esta ley tan insulsa de recuperación de la memoria; no los que la recuperan, sino los que la guardaron viva, esperando para pasarle cuentas al silencio, al vacío y a la derrota.