El periódico / 19-1-2009

Tal vez sea una leyenda urbana, pero del mismo modo que se afirma que en Espartaco se ve a figurantes con zapatillas deportivas o reloj de pulsera, se asegura que en alguno de los spaghetti western que se rodaron en Esplugues City se ve pasar algún que otro Seat 600. No sería de extrañar, ya que mientras, que el desierto de Tabernas en los años 60 era un lugar bastante desierto, como su nombre indica, Esplugues City estaba a un paso de Barcelona. Incluso en 1967 el poblado tuvo que cambiar de ubicación a causa del trazado de la autopista que hoy ágilmente recorremos a 80 kilómetros por hora (o menos).

Esplugues City había sido construida por la productora Balcázar. En aquella época, además de los hermanos Balcázar, otros esforzados cineastas como Ignacio F. Iquino, José Antonio de la Loma o Antonio Isasi rodaban sus filmes en aquella periferia barcelonesa. Ellos y otros hicieron aquí películas buenas, malas y regulares. En ocasiones obtuvieron sonados éxitos internacionales, como Isasi con Estambul 65 o Las Vegas 500 millones. Pero lo relevante es que construyeron una industria.

Hoy la Acadèmia del Cinema Català emitirá sus Oscar. Forasters, de Ventura Pons –8 votos y una media de 5,6 en imdb.com, un aprobado por los pelos–, copa nominaciones en estos premios brillantemente bautizados como Gaudí. A falta de una industria como la de aquel lejano Esplugues City, tenemos premios Gaudí. Por cierto, Gaudí, que murió antes de que se estrenara el primer largometraje sonoro, no tiene ninguna relación conocida con el cine, como tampoco la tenía con la moda. Creo que sería de justicia que estos premios llevaran el nombre del autor de El vicari d’Olot y Què t’hi jugues, Mari Pili?: Ventura Pons es el termómetro que marca la temperatura del cine catalán, o eso cabe suponer por el número de nominaciones. Pero lo que de verdad nos gustaría es que la temperatura fuera otra, surgida de una industria más o menos normal, que no oscilara entre el boato zarrapastroso de unos premios sin sustancia y el viva la Virgen de las subvenciones. Porque aquí, ya lo saben, hasta el más tonto hace relojes, y ni Woody Allen pasa sin pedir subvención.