El periódico / 10-9-2007

Siempre me busco en las fotografías y filmaciones del Onze de Setembre del 76: entre la marea humana que se dio cita en Sant Boi estaba el arriba firmante a sus idealistas 15 años. A mi padre no le hizo ninguna gracia: decía que se estaba pactando el reparto del poder con el heredero del franquismo, Juan Carlos I. Viví la jornada con emoción contenida, pero sin dejar de pensar en las palabras del viejo carabinero republicano.

En los discursos de la incipiente clase política se escucharon llamadas en favor de la unidad de todos los catalanes, independientemente de su lugar de origen, lengua, cultura e ideas políticas, para crear un país fuerte del que sentirse orgulloso. Qué bonitas palabras…

Con el paso de los años, aquellos que debieron administrar ese legado se olvidaron de los discursos y de las bonitas palabras, al dejar de lado todo lo que no cabía en su ideario. Daba igual si se era de izquierdas o de derechas, porque el pensamiento único no entiende de ideologías. El mérito personal, la igualdad de oportunidades, valores de toda sociedad democrática, fueron relegados en favor de la pertenencia a la tribu o al partido, y la disidencia cultural fue penada con el silencio.

Me pregunto a menudo en qué momento del camino se jodieron las buenas intenciones de aquel 11 de septiembre de 1976.

Hoy, según dicen las encuestas, más del 63% de los ciudadanos no confiamos en la clase política catalana; el nuevo Estatut ha sido aprobado por menos del 50% de los ciudadanos con derecho a voto; más de un 40% se abstiene de votar en las autonómicas, aunque lo hace en las generales. Y, mientras, los políticos miran hacia otra parte sin afrontar el problema.

La falta de credibilidad de unas instituciones que tanto encaje de bolillos costaron, según cuentan los cronistas de la transición, ha quedado en manos de una minoría ególatra instalada en la autocontemplación, que accede al poder de forma insólita: por la abstención o por la debilidad del resto, ofreciendo una realidad distorsionada de Catalunya a los mismos ciudadanos que representan.

¡Qué lejos nos queda Sant Boi!