Aquí os dejamos este articulo escrito por Salvador Sostres para El mundo, sobre el concierto del pasado sábado en Barcelona.

Un hombre libre

Loquillo es uno de los pocos artistas del mundo con tantos registros y tan completos. Del rock urbano a la chanson, de las letras más canallas de Sabino Méndez a la cristalina delicadeza de poetas como Cesare Pavese o Jame Gil de Biedma. El sábado por la noche presentó en el teatro Coliseum de Barcelona «Su nombre era el de todas las mujeres», basado en poemas de otro magnífico poeta, Luis Alberto de Cuenca y en la música de Gabriel Sopeña. Unas horas antes, por la mañana, casi arrojo el desayuno escuchando cómo, en la Cadena SER, el locutor que le entrevistaba le preguntaba cómo podía ser que se hubiese interesado en un poeta de derechas como De Cuenca, que tuvo cargos con el PP. En España todavía pervive y de un modo muy intenso el guerracivilismo del pim, pam, pum y de la checa; y ese rebuzno tan paleto de juzgar al artista en lugar del arte, y la ideología del autor en lugar de su obra.

Loquillo, libre de prejuicio y muy fiel a su intuición y a su instinto, ha pagado un precio altísimo de marginación y ostracismo por no ceder al totalitarismo chantajista de la corrección política, pero a cambio ha alcanzado una calidad y una majestuosidad completamente insólitas en el panorama musical español, donde casi todo es de recetario, previsible y anecdótico. Aunque el Loco no es esencialmente un compositor, tiene un especial buen gusto para saber qué tiene que hacer y qué no, y ésta es la línea que define su carrera.

El sábado, acompañado por una banda precisa y sobresaliente, interpretó canciones como Nuestra Vecina (Luis Alberto de Cuenca), Los gatos lo sabrán (Cesare Pavese), No volveré a ser joven (Jaime Gil de Biedma), Transgresiones (Mario Benedetti), entre otros temas de otros poetas así como del disco Balmoral. Aunque no se le cuenta entre los grandes de la canción, por motivos inexplicables, Loquillo ha musicado mejor que nadie a los poetas españoles. Lluís Llach, Raimon, Paco Ibáñez o Joan Manuel Serrat tienen más pedigrí intelectualoide, pero Loquillo les ha superado con su obra. Esto puede parecer una provocación, pero lo realmente provocativo es despreciar a un artista de la categoría de este hombre siempre de negro, siempre duro, a veces irónico y nunca vulgar.

El Coliseum estuvo lleno. El escenario, decorado con una gran sobriedad. La iluminación, sobria y suficiente. Qué gusto da poder escuchar a Loquillo en un teatro, cómodamente sentado y en las condiciones acústicas que sus buenas canciones merecen, en lugar de tener que pasar por la humillación de pabellones polideportivos donde cualquier confort es un sueño y el sonido rebota por todas partes.

El público, variopinto, transgeneracional y entregado, se marchó encantado del concierto, 16 canciones más 5 bises, con ese rito de sonrisa que te queda en la cara después de haber amado mucho.

Salvador Sostres (El mundo, Martes 31 de enero de 2012)