«Loquillo ha sabido esculpir una poética profundamente emocionante con los elementos más insospechados»

En medio de una escena hospitalaria neoyorquina, Julio Valdeón se aproxima por primera vez al nuevo disco de Loquillo y queda muy impactado por la mezcla de clasicismo y modernidad, entre otras muchas cosas.

Una sección de JULIO VALDEÓN.

Escucho en Nueva York El último clásico, lo nuevo de Loquillo. Tengo a mi lado a Max, supervivientes ambos de una faringitis caníbal que nos depositó este martes en la sala de espera del pediátrico del Niño Jesús, frente al Retiro, buscando la promesa de un antibiótico que acallara la fiebre que comía al niño por dentro. Suena la primera canción, Los buscadores, y en apenas cinco minutos ya ha invocado al capitán Ahab, a Emil Cioran, a Emilio Salgari, a Robert Louis Stevenson…

Avanza el disco y me invade una creciente sensación de fin de fiesta, raza, poética, mundo, mitología y furia. Un temporal de esbeltas guitarras pone nitroglicerina y oxígeno a unas canciones que son, antes que nada, una declaración de principios en favor de la singularidad con causa y las causas por las que merece la pena abrirse la camisa. Una singular mezcla de clasicismo y modernidad, alta cultura y cultura popular, conciencia política, tradición y vanguardia que mantiene en pie una aventura que encuentra ya pocos parangones en el rock and roll europeo. Mérito, para empezar, de su asombroso equipo de colaboradores, que cuenta con algunos de los compositores e instrumentistas esenciales de las últimas décadas. Y mérito, sobre todo, de quién ha tenido la inteligencia agudísima de convocar y coordinarlos hasta conformar una suerte de compacta maquinaria literaria y rockera absolutamente imbatible.

La potencia, el descaro, la energía con la que suenan, la belleza de los arreglos que firman y la habilidad y sabiduría de Loquillo para extraer lo mejor de todos ellos y ponerlos a jugar con una dirección determinada recuerda a la de esos raros directores de orquesta capaces de exprimir un milímetro extra a sus instrumentistas y hacer del todo algo más, mucho más, que la suma mecánica de sus virtuosas partes. Luego está el detalle de que Loquillo cada día canta mejor, con más sutileza, más dominio de sus recursos, más finura, más contundencia, más ternura y más rabia. Añadan que la cosecha de canciones es excepcional, pero excepcional de verdad, por cuanto se trata de uno de esos raros discos en las que todas o casi todas sus piezas suenan a clásico anticipado.

Pero lo más alucinante, lo que hace de este disco uno de los mejores de 2019, y del propio Loquillo una hermosa, arrolladora anomalía, es el hecho de que ha sabido esculpir una poética profundamente emocionante con los elementos más insospechados. Un imaginario intransferible a base de conjurar himnos ilustrados, homenajes a los mejores héroes y guiños a la educación sentimental de quienes crecimos enganchados a las ubres del cómic, la novela, el rock y el cine y llegamos a la edad adulta enganchados por igual a los viejos vinilos y los mejores ensayistas, hijos de cuero y whisky de la tercera cultura y las mejores barras. Sublimes cantos rodados, lejos de sonar melancólicas las canciones de El último clásico constituyen todo un canto a la vida que merece la pena. A la vida bien vivida, a la vida viajada, follada, peleada y leída, desnudada, regada y navegada, rasgada y rajada, devorada, exhalada, mordida y apurada hasta el fondo y siempre, siempre, dando la cara y cantando de frente. Qué barbaridad de disco.