Konstantin Stanislavski había dedicado 39 de sus 53 años a la actuación, primero ante su familia, después en los teatros más importantes de Rusia. Pero en aquel verano de 1906 se sentía vacío, desposeído de su capacidad para dotar de emoción y sinceridad a los personajes. 

Con aquel síndrome del impostor ardiendo en su ánimo y con todos sus cuadernos de notas en la maleta, este actor y director ciegamente comprometido con el arte se marchó de Moscú y pasó las vacaciones en Finlandia con el único objetivo de crear un sistema que permitiera a los actores apropiarse de los personajes con una entrega total y, de ese modo, cumplir con su misión, más ética que estética, de servir al pueblo. 

Durante los años siguientes, el método de acción física, como fue llamado, se extendió desde las compañías rusas de teatro hasta el último escenario del planeta ya con el nombre de sistema Stanislavski o, simplemente, como el Método. Con mayúscula, sí.

En esencia, el actor del Método se transforma en su personaje de un modo tan profundo que su esfuerzo principal es anularse por completo, sacar su alma del cuerpo y no ser más que una cáscara que llena por entero con el mapamundi emocional de su personaje. Así, no hay mayor entrega que la del actor del Método. Aunque nunca se lo he preguntado, no tengo duda de que Loquillo ha leído el libro de Stanislavski en el que reúne todas sus enseñanzas, ‘El trabajo del actor sobre sí mismo en el proceso creador de la encarnación’.

Bien. Estamos en un estudio de grabación. Para empezar, tenéis que recordar, porque probablemente ya lo sabéis, que el Loco siempre graba las voces en el orden estricto en el que aparecerán en el álbum. Y, habitualmente, en una sola toma. Es importante, es importante. Antes de llegar al estudio, el Loco se mentaliza, se prepara para el estado de ánimo que requiere la letra. Hasta se viste para la letra, se peina para ella. Respira para ella. La lee hasta que cada palabra pierde su densidad y se licua y la incorpora a su propia sangre. 

Y es probable que la letra contenga matices suficientes para que no pueda ser reducida a un color primario, sino que fluirá entre valles y montañas y contrasentidos y sacudidas. Como los crooners o los chansonniers o los griots o los cantaores, él no intentará cantar la canción. Él intentará ser la canción. Es su método.

Así que aquí estamos, en una mañana de primavera de 2021 en un estudio de grabación muy tranquilo y muy agradable y muy apartado, en Avinyonet de Puigventós, en el Alto Ampurdán, y muy silencioso, por cierto.

Music Lan es el santuario que usó Loquillo para grabar ‘Diario de una tregua’, un espacio suave para un disco de una intensidad feroz. Ha citado a los compositores del repertorio para escuchar por primera vez el disco, de la primera a la última canción. Rocanroles de celebración y declaraciones de guerra, bravuconadas de bar y confesiones en el filo, grandes sentencias para una filosofía de vida y algunas bromas, recuerdos del pasado y visiones del futuro, y la vida y la muerte. Una nueva piel para la vieja ceremonia.

Josu García, el productor, aún escucha concentrado buscando posibles mejoras, con el dedo dispuesto a apretar el botón de alerta en cualquier momento, rodeado de los autores, más relajados, entregados al disfrute: Gabriel Sopeña es afable, Sabino Méndez es socarrón, Igor Paskual es un cachondo. Todos se conocen bien, forman una extraña guardia pretoriana, tan diferentes entre sí, tan parecidos como cofrades de una hermandad.

Esa mañana de primavera, después de escuchar dos veces ‘Diario de una tregua’, antes de comer con vino tinto y de recordar batallitas aptas para las orejas de un periodista, batallitas light, en todo caso divertidas, el Loco se muestra totalmente satisfecho e inevitablemente tenso, porque él, como Stanislavski, tiene fe en la tensión. Y me vuelve a decir una de las máximas en las que cree con más pasión: “En el escenario eres tú mismo, es cuando bajas del escenario cuando te conviertes en un personaje”.

Pablo Gil.